Misterio Bajo la Carpa

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Capítulo 5

El Enigma del Circo Estelar

Terry y Preston intentaban asimilar lo que acababan de descubrir. Ninguno de los dos había anticipado que su día concluiría con una sorpresa tan impactante. Preston abandonó la caravana con la cabeza gacha, mientras Terry se sujetaba la nuca, sintiendo una oleada de nervios.

—Preston ¿qué hacemos?
—Creo que alguien está tratando de incrminar a Freddy.
—Es la señora Penelope ¿cierto?
—Coincide con la descripción que Leonora mencionó sobre ella, pero no estoy seguro.

Terry usó su móvil para comunicarse con Daniel, pero su amigo jamás cogió la llamada. Luego llamó a Sage, pero sucedió lo mismo.

—Ni Sage ni Daniel responden a mis llamadas.
—¿Lo dices enserio?
—Puedo probarlo, mira.

Terry exhibió la pantalla de su móvil a Preston, quien decidió contactar a sus amigos. Sin embargo, cuando lo intentó, todas sus llamadas resultaron fallidas. Temiendo lo peor, los dos jóvenes se dirigieron rápidamente al lugar donde habían dejado a sus compañeros.

Al ingresar al remolque de Leonora, se encontraron únicamente con Indira desmayada. Preston se apresuró a socorrer a la chica, quien comenzó a recobrar el conocimiento lentamente. Con cuidado, Terry y Preston la acomodaron en un mueble, y la joven abrió los ojos.

—¿Preston?
—Sí, soy yo. ¿Qué sucedió? ¿A dónde fueron Daniel y Sage?
Indira se tocó la cabeza. Tenía una cortada en la parte trasera. La joven abría y cerraba los ojos bastante pasmada.
—Fueron esos dos hombres. Los he visto en compañía del dueño del circo.

—¿Dos hombres? —preguntó Terry.
—Sí. Tienen tatuajes en los brazos. Entraron a la fuerza al remolque y se llevaron a Leonora, Daniel y Sage.
—¿Y no te llevaron a ti? —preguntó Preston.
—Supongo que querían que lo supiéramos —respondió Terry— Indira es el mensaje que tendríamos que recibir.

Preston se levantó y empezó a pasear, buscando soluciones para la situación. Indira se incorporó con la ayuda de Terry, quien intentaba mantener la calma y el equilibrio mental.

—Ellos sabían que no nos íbamos a detener, aunque te hubiesen amenazado ayer.
—Fue mi culpa tal vez.
—No fue culpa de nadie, Terry. Solo de ellos. ¿Tienes alguna idea de a dónde se los llevaron? —preguntó Preston.
—No, pero yo empezaría con Zephyr. Creo que él sabe mucho de lo que les dijo.

 

****

 

Daniel, Sage y Leonora abrieron los ojos lentamente. Se percataron de que sus manos y pies estaban atados a sillas, formando una pequeña hilera en medio de una carpa cuyos colores se desplegaban a su alrededor. La entrada estaba custodiada por dos hombres, mientras un tercero, ataviado con un traje morado y un sombrero oscuro, miraba intensamente a los tres cautivos a través de sus lentes de sol.

—Los metiches por fin despertaron —dijo el hombre.
—¿Señor Avery Page? —Leonora reconoció su voz.
—Nunca esperé que estuvieras en compañía de estos dos. Me impresionas, Leonora, pero también me has decepcionado.
—¿Por qué nos tiene aquí?

—Porque están metiéndose en aguas peligrosas y no puedo dejar ningún cabo suelto. Tenías tanto para darle al mundo y ¿así lo desaprovechas?
—No lo escuches, Leonora. Quiere meterse en tu cabeza —advirtió Sage.
—¡Tú callate estúpida metiche!

El señor Page extrajo un arma de su bolsillo y apuntó directamente a la cabeza de Sage. Daniel se llenó de alarma y luchó por liberarse de las ataduras para proteger a su amiga. Aunque Sage mostraba cierto nerviosismo, su valentía la mantenía firme. El señor Page, sin rodeos, imponía una presencia intimidante que incomodaba a todos. A lo largo de los años, había disfrutado manteniendo a los empleados de su circo bajo control.

—Considerando que vas a morir en compañía de tus amiguitos investigadores creo que deberías saber la verdad.
—Usted le hizo algo a mi madre ¿verdad?
—Penelope metió sus narices dónde no debía, pero también jugó conmigo al meterse con ese idiota de Leonard. Después de todo, se tenía bien merecido su castigo.
—¡Maldito!
—Pero lo que más me tranquiliza es que a mí no me van a culpar por su muerte. Hemos orquestado todo un plan para que culpen a otra persona.
—¿De qué habla? —preguntó Leonora.
—Sé todo lo que pasa en este circo y también sé que esa estúpida empleada de intendencia tuvo que ver para que estos dos niños entrometidos estén aquí.
—Habla de Indira —dijo Daniel.
—Es impresionante las cosas que uno sabe, pero créanme que voy a disfrutar mucho matarlos a cada uno de ustedes.

El señor Page apuntó directamente al abdomen de Leonora y efectuó un disparo. La joven soltó un grito de dolor al observar cómo su blusa se manchaba de sangre. Sage y Daniel, consternados, se quedaron paralizados, incapaces de hacer algo al respecto.

 

****

 

Indira, Preston y Terry xaminaron detenidamente la zona de los remolques, donde una ola de sospechas agitaba las mentes de los empleados que descansaban. Algo inusual estaba sucediendo con los tres, atrayendo la atención de varios trabajadores. Cuando se acercaron a Zephyr, Preston le chasqueó los dedos en la cara para confrontarlo.

—¡Tú sabías lo que estaba pasando! —acusó Preston.
—No sé de qué me hablas, niño.
—¡Tú sabías sobre la desaparición de Penelope!

Cuando el nombre de Penelope resonó en la zona donde Zephyr trabajaba, varios empleados del circo se acercaron, sorprendidos por la reacción atónita de Preston.

—Yo no sé nada sobre ella, lo juro.
—¡Sí que lo sabías! ¡Tu hiciste alarde sobre lo que mis amigos y yo hacíamos en este lugar! —aseguró Preston.
—Insinuaste cosas ante Indira para que ella nos contactara.

Zephyr observó a los demás empleados del circo que se agruparon cerca de su área de trabajo. Con la cabeza baja, intentó ocultar sus emociones, pero finalmente decidió hablar cuando un hombre de aspecto asiático emergió de entre la multitud y se acercó a los jóvenes. Zephyr intercambió miradas con él, mientras Preston y Terry lo observaban detenidamente.

—Él es Leonard. Trabaja con los leones —Indira señaló al hombre asiático.
—Diles, Zephyr. Después de todo, ellos continuaron lo que tú no pudiste.
—¿De qué habla? —preguntó Indira.
—Fue idea de Leonard. Él quería saber lo que estaba pasando.
—¿Saber qué estaba pasando?
—Encontraron las cosas en el río ¿cierto? —preguntó Leonard.

Preston y Terry asintieron con la cabeza.

—Fui yo quién las dejó. Quería saber qué era lo que le había pasado a Penelope. Ella no se pudo haber ido de este lugar solo porque sí.
Preston respiró profundo al ver lo consternado que aquel hombre se encontraba. Se acercó a él y le tomó el hombro.
—Lamento decirle que mi amigo y yo encontramos a la señora Penelope muerta en el remolque de Freddy, el payaso. Su cuerpo está en una hielera congeladora.

Leonard bajó la cabeza y se llevó la mano al rostro. Su sollozo provocó que Zephyr apartara la mirada, mientras que Indira, con los brazos cruzados, asimilaba todo lo que estaba ocurriendo.

—Tenía un poco de esperanza porque, como dicen, la esperanza es lo único que nunca muere. Pero —Leonard sollozó— siento horrible que ella pasara por eso. Yo quería llegar al fondo de lo que estaba pasando en este circo. Tenía las sospechas de que el señor Page malversaba dinero, pero nunca lo comprobé. Solo eran sospechas de Penelope y me temo que, tal vez, ella lo chantajeó para que mejorara nuestros salarios, pero al final él le hizo algo.

—Nosotros tenemos la sospecha de que él la mató y también créemos que tiene a nuestros amigos y a Leonora en este momento —dijo Terry.
—¿Leonora? —preguntó Leonard.
—Así es. Creo que los ha secuestrado. ¿Usted tiene idea de algún lugar secreto en este circo?
—La carpa oficina —Zephyr elevó la voz llevándose un cigarrillo a la boca y exhalando una bocanada de humo— es el lugar donde Avery lleva a cabo el trabajo sucio.

Leonard asintió con la cabeza cuando Zephyr les sugirió que se dirigieran con precaución al lugar que les había indicado. Indira decidió llamar a la policía para informar sobre el hallazgo del cuerpo. Terry, Preston y Leonard corrieron apresuradamente hacia el sitio indicado por Zephyr.

Al llegar, se encontraron con los dos hombres que habían visitado a Terry la noche anterior en el bar. Estos, alardeando sobre su fuerza, noquearon de inmediato a Leonard. Avery Page levantó la mano y comenzó a disparar al aire para ahuyentar a los recién llegados, pero Preston y Terry decidieron enfrentarse por sí mismos a los dos secuaces de Avery Page.

El primer hombre agarró a Preston por la cintura y lo arrojó al suelo. Preston gritó de dolor, pero se levantó de inmediato y le propinó un puñetazo en el rostro. Terry, decidido, embistió con su magia a su oponente, lanzándolo contra unas gradas de madera mediante una fuerza invisible producto de su telequinesis. Preston agarró al primer hombre por los brazos y le asestó un golpe en la cabeza, dejándolo inconsciente. Sin embargo, liberarse de estos hombres resultó ser el menor de sus problemas.

El señor Page apuntó su arma directamente a la cabeza de Daniel, quien cerró los ojos lleno de miedo. Preston intentó dar un paso adelante, pero cada vez que lo hacía, Avery Page amenazaba con jalar del gatillo.

—No tuve mucho tiempo de investigarlos, pero veo que su amiga es muy popular en esta ciudad. Sería una lástima que el día de mañana su muerte fuese el principal titular.
—Señor Page, por favor, detenga todo esto —suplicó Daniel.
—¡No! —Avery Page lanzó un disparo al aire—. ¿Crees que voy a echar a perder todo mi trabajo porque unos niños entrometidos se metieron a mi circo?
—¡Usted mató a la señora Penelope! —acusó Daniel.

—¡Por entrometida y adultera! ¡Ella me engañó y me chantajeó para que yo les diera mejores condiciones laborales a estos trabajadores! ¡Sabía que yo hacía fraudes! Si no hubiese sido por ese estúpido payaso ustedes no estarían aquí, por eso le ordené a mis hombres que llevaran esa hielera a su remolque.
—¿De qué habla, Preston? —preguntó Sage.
—De la señora Penelope. Está muerta. Su cuerpo congelado está en una hielera en el remolque de Freddy.

Cuando Preston optó por acercarse, el señor Page desvió la atención por un instante. Daniel no dejó pasar esos fugaces momentos y, empleando toda su fuerza, se lanzó contra él, logrando desequilibrar a Avery Page. En ese preciso instante, Page disparó de nuevo. Leonard recobró la conciencia y se incorporó desde el suelo, mientras Preston se lanzaba hacia Avery y Terry le arrebataba telequinéticamente el arma.

Terry sometió al señor Page, mientras Preston liberaba a Daniel y Sage de sus ataduras. Leonard acudió en auxilio de Leonora, quien permanecía desmayada. En un rápido acto, extrajo su teléfono móvil y marcó el número de emergencias. Instantes después, propinó un contundente golpe al rostro del señor Page.

Minutos después, la policía irrumpió en el Circo Estelar, arrestando al señor Avery Page y a sus secuaces. Una ambulancia se llevó a Leonora al hospital, y con generosidad, Indira se ofreció a acompañarla. Mientras tanto, Leonard proporcionaba su declaración, revelando todo lo que sabía sobre la trágica muerte de su amada Penelope. Zephyr también testimonió sobre el caso, y Preston, junto a sus amigos, ofrecieron un relato minucioso, empezando por el secuestro de Daniel y Sage a manos del señor Page. La verdad emergía en cada testimonio, como piezas de un rompecabezas que se ensamblaban para revelar la complejidad de los eventos en el circo.

Aquel día quedó como un amargo recuerdo en la mente de Daniel y Sage, mientras que Terry y Preston continuaban estupefactos por el terrible hallazgo del cuerpo de Leonora. El señor Avery fue acusado del homicidio de Penelope, malversación de dinero y de intentar incriminar a Freddy Rollins, del cual no se volvió a saber después de que los chicos se presentaran en su remolque esa tarde. Terry y Preston sospechaban que tal vez Freddy encontró el cuerpo de Penelope y sospechó que alguien lo estaba incriminando, por lo que decidió fugarse.

Semanas más tarde, Sage decidió publicar lo ocurrido en el Circo Estelar en un artículo de su blog titulado "El enigma del Circo Estelar", donde detalló todo lo que vivieron y compartió los descubrimientos más inquietantes que ella y sus amigos realizaron.

Dado que lo sucedido en el circo se convirtió en noticia en los días siguientes al incidente, muchas personas esperaban escuchar la perspectiva de Sage sobre los hechos. La mala publicidad para el circo no fue bien recibida por Brandon, un joven de veintidós años e hijo del dueño del circo, quien decidió asumir el control del negocio tras el arresto de su padre.

 

****

 

Meses más tarde…

El tenue resplandor de una fogata danzaba en las paredes de madera de una cabaña, creando sombras que parecían tener vida propia. El crepitar de las llamas amenizaba los sonidos de la noche, acompañada por la risa de la joven Marissa Turner y los tropiezos juguetones de su amiga Fiona. La atmósfera estaba impregnada de una sensación cálida y festiva, como si el bosque mismo participara en la celebración de las chicas.

En medio de aquel acogedor ambiente, Emily, Marissa y Fiona se entregaban a la magia de la noche. Sus risas llenaban cada rincón de la cabaña, con un eco de amistad y complicidad. Sin embargo, Emily, la más reservada del grupo, no pudo ignorar un resplandor cálido y parpadeante que se insinuaba a través de la ventana.

El destello de aquella iluminación encendió su curiosidad como una llama viva en los ojos de Emily. En ese momento, decidió emprender una búsqueda silenciosa hacia el origen de aquel resplandor enigmático. Se levantó, sin pronunciarse, abandonando la seguridad de la cabaña y dejando atrás las risas contagiosas de sus amigas.

A medida que Emily se internaba en la penumbra del bosque, la inquietud se aferraba a ella como una sombra. Emily caminó con determinación, aunque su corazón latiera al ritmo de la incertidumbre. Fiona, en un estado de alegría etílica, intentó seguirla mientras se tambaleaba.

Marissa, contagiada por las risas de Fiona, secundó sus pasos, balanceándose al ritmo de la diversión. Emily se adentró en la oscuridad del bosque, descubriendo dos figuras de manera peculiar. Se trataba de dos hombres con atuendos que parecían sacados de otra época, con sombreros de copa y abrigos largos. Una antorcha, firme en la mano de uno de los hombres, se convertía en el faro móvil de la noche. Cuando el hombre de la antorcha la miró directamente, Emily se inundó en un incómodo silencio. Los dos se observaron mutuamente hasta que el hombre decidió hablar.

—Disculpe, señorita. ¿Podría decirnos dónde estamos? Nos sentimos un poco perdidos.
—¿Perdidos? —Emily lució desconcertada.
—Hemos explorado este bosque en los últimos días. Había unas luces que nos trajeron hasta aquí —dijo el otro hombre.

El primer hombre miró sus ropas y luego las de las chicas, con una expresión de desconcierto.

—¿Qué son esos atuendos curiosos? —preguntó el segundo hombre.
Fiona, que salía de la cabaña con risas alegres, tropezó y cayó al suelo. Marissa, riendo, se acercó a la conversación con entusiasmo.

—¡Hola, chicos! ¿Qué están haciendo aquí?

Los hombres miraron asombrados las prendas modernas de las chicas. Emily, tratando de mantener la calma, los cuestionó.

—¿De dónde son?
—Somos de Nueva York. Estábamos en el centro de la ciudad y no sabemos cómo llegamos aquí.

Emily, cabizbaja, pensó en la respuesta de aquellos hombres. Los pensamientos se acomodaron en su mente intentando entender su situación.

—¿Por qué están vestidos así?
—¿Qué?
—¿Van a alguna clase de festival?
—Son nuestras ropas. ¿Por qué pregunta eso?

Las chicas se miraron entre sí, incrédulas. La risa de Marissa llenó el bosque de nuevo, mientras Fiona levantaba su botella y exclamaba:

—¡Brindemos por los hombres del pasado!

La actitud despreocupada de Fiona confundió aún más a aquellos hombres. Emily, intentando mantener la seriedad, siguió cuestionándolos.

—¿Cómo llegaron aquí?

Fiona, ahora bailando alrededor de ellos, solo empeoraba la situación. Emily, sintiendo que la conversación se volvía surrealista, decidió despedirse.

—Bueno, chicos, parece que están un poco desubicados. Tal vez deberíamos ayudarlos a encontrar el camino de regreso.

Los hombres, algo incómodos, se despidieron rápidamente y se alejaron. Fiona, insistente, quiso seguirlos, riendo y haciendo chistes sobre sus atuendos anticuados. Marissa, aun riendo, la siguió. Emily, quedándose atrás, observó la extraña escena. La inquietud regresó mientras se preguntaba cómo esos hombres habían llegado al bosque. Con un suspiro, se preparó para seguir a sus amigas, esperando que aquel inusual encuentro no tuviera más sorpresas en la oscura noche del bosque.

La presencia de aquellos misteriosos hombres había dejado una huella de inquietud en su mente. Se adentró en la cabaña, donde el resplandor débil de la fogata proporcionaba un refugio acosador. Emily sacó su teléfono y marcó el número de Daniel Callaghan, a quien no había visto en un buen tiempo. Después de unos tonos, Daniel respondió con su vibrante voz.

—¡Emily! ¿Qué pasa? ¿Cómo estás?
—Ha pasado algo de tiempo.
—Lo sé, no esperaba tu llamada.
—Quiero contarte algo, pero no sé si tengas tiempo.
—Soy todo oídos. ¿Qué ocurre?

Emily trató de explicar de manera coherente su inusual encuentro con los dos misteriosos hombres. Daniel escuchaba en silencio y su interés creció a medida que ella relataba los detalles.

—Eso suena más allá de lo inusual —comentó Daniel después de un breve silencio.
—No lo sé. Con lo que hemos vivido en estos últimos años podría pensar que se trata de dos remanentes.
—Podría investigar con los chicos.
—La amiga de Marissa fue un poco imprudente y grosera. Estaba con ellas durante mi encuentro con esos hombres. No pude cuestionarlos más porque ellas estaban ahí.
—Entiendo. Y simplemente ¿se fueron?
—Sí.
—Lo investigaré y te mantendré al tanto.
—Gracias. Yo solo espero que, si realmente están perdidos, encuentren su camino a casa.

Emily le proporcionó las coordenadas aproximadas de la cabaña en el bosque. Daniel, siempre listo para una nueva investigación, colgó la llamada. Emily sintió una mezcla de alivio y anticipación. Se preguntó qué secretos guardaba el bosque y si Daniel podría ayudar a los hombres. Mientras se preparaba para volver con sus amigas, su mirada se deslizó hacia la ventana, donde la oscuridad del bosque era contrastada por la vibrante luz de la luna.

Continuará en el libro Oculto en el Tiempo…

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