El Silencio de los Espejos
Capítulo 4
El Cristal Negro
Ryan, Tyler, Alison, Millie y Warren volvieron al Comando Central después de atestiguar la desaparición del hombre misterioso a través del espejo. La tensión era palpable. El enigma de los espejos parecía más profundo de lo que imaginaban y cada nueva revelación los acercaba más al peligro. Warren, por su parte, se sentía un tanto impotente por no haber hecho nada al respecto para que el hombre se apartara del reflejo y fuera absorbido por el mismo.
Sentados en torno a la mesa donde llevaban a cabo sus investigaciones, intentaron conectar las piezas del rompecabezas, mientras Millie se sentaba sobre el piso, con las piernas cruzadas y los brazos sobre el regazo. Alison le miró extraña, pero entonces se dio cuenta de lo que hacía.
—¿Está…? —preguntó Tyler.
—Me parece que está tratando de provocarse una visión —afirmó Alison— creo que lo ha hecho antes, volver a revivir las visiones pasadas.
Millie abrió los ojos y se puso de pie de inmediato. Anotó algunas cosas en un papel y se las mostró a sus amigos.
—La mujer de mi visión… creo que es alguien importante —dijo con la voz temblorosa— cuando toqué el espejo, la vi conjurando algo. Tenía un cristal negro en la mano y sentí una energía oscura. Ahora creo que todo era parte de un ritual.
Ryan frunció el ceño, recordando la historia que la señora Mabel les contó sobre los Livingston.
—¿Y si es una de los Livingston? —preguntó Tyler, mirando a Millie con preocupación. Alison encontró registros del año 1863 en él se menciona la desaparición de un miembro de esa familia.
—Sí, según la nota, la colección de espejos estaba encantada y podía consumir el alma de quien los mirara.
—Eso confirma lo que la leyenda que la señora Livingston nos mencionó —afirmó Tyler.
—La visión pudo ser antes o después de esa desaparición. Saberlo nos daría más pistas —dijo Millie.
Alison, siempre práctica, comenzó a realizar anotaciones rápidas en un cuaderno.
—Si los espejos de esa colección están malditos y conectados a una familia de hechiceros, es posible que la mujer que viste sea la clave para entender cómo comenzó todo esto —afirmó Ryan.
Millie asintió, haciendo movimientos rápidos.
—La señora Mabel no es una descendiente de los Livingston. Me pregunto cómo los obtuvo.
Juliet, que había escuchado en silencio todo, intervino.
—¿Y si alguien se la regaló? La señora Greenfield llamó a la señora Teresa “bruja”.
—Eso despertó mi atención —dijo Ryan.
—La pregunta es ¿quién se la regaló? —preguntó Alison, intrigada.
Warren se reclinó en su silla, mirando al techo como si tratara de recordar algo.
—Supongo que tendríamos que preguntárselo —sugirió Warren.
—¿Y si fue uno de los Livingston tratando de deshacerse de los espejos malditos? —Preguntó Millie—. Si esos espejos maldicen a las personas, como lo hicieron con Alison y Ryan, que ahora ven cosas, quizás el miembro de los Livingston que desapareció también fue maldecido. Eso explicaría porqué querían deshacerse de ellos.
—Creo que la señora Mabel no nos ha dicho todo —dijo Ryan, poniéndose de pie y decidido.
****
La mañana siguiente, Ryan, Alison y Tyler volvieron a la tienda de antigüedades que acababa de abrir. Sus amigos Warren, Juliet y Millie esperaban en un coche, ubicado a unas cuadras del establecimiento. Ese día, el viento soplaba con fuerza y la luz del sol se filtraba débilmente a través de las ventanas sucias. La señora Mabel Greenfield los recibió un tanto preocupada, como si hubiese estado esperando su regreso.
—No esperaba verlos de regreso —dijo, de forma disimulada— ¿qué los trae de vuelta a mi humilde tienda?
Ryan no perdió el tiempo y se le fue encima, con un tono tajante.
—Necesitamos saber más sobre cómo obtuvo esos espejos, señora Greenfield. Sabemos que no son espejos comunes. Hay algo en ellos y usted sabe más de lo que dice.
Mabel respiró hondo y desvió la mirada, intentando eludir la intensa atención del chico. Pero no solo era Ryan, con su imponente presencia exigiendo respuestas. Alison y Tyler lo respaldaban, cruzados de brazos y esperando que ella hablara. La señora Mabel asintió lentamente, sintiendo la presión de sus miradas inquisitivas.
—Creo que no me queda opción más que decir la verdad —sonrió.
—Entonces es cierto —asintió Alison, mirando a sus amigos.
—Siempre quise creer que se trataba solo de una leyenda —confesó, con su voz temblando levemente— pero en el fondo sabía que esos espejos estaban malditos. Sin embargo, durante todos estos años, nunca presencié algo extraño en ellos o que algún cliente actuara de forma inusual. Todo cambió hace unos días, cuando algo extraño comenzó a manifestarse en ellos.
—¿Cómo es eso? —preguntó Tyler.
—Les voy a contar lo que sé. Hace muchos años, un hombre apareció en mi tienda. Me entregó los espejos y me pidió que los guardara. No supe hasta después lo que realmente contenían: una maldición antigua —suspiró la señora, mirando el espejo más grande en la esquina y los chicos le siguieron con la mirada— ese hombre me dijo que los espejos habían sido maldecidos por una mujer de su familia, la última de los Livingston. Su nombre era Evangeline Livingston.
Alison dio un paso adelante.
—Debe ser la mujer de la visión de… que Millie investigó —sugirió Alison.
—¿Visión? —preguntó Mabel.
—Lo dije mal. Lo siento.
La señora Mabel miró a Alison con los ojos muy abiertos.
—Es una posibilidad. Evangeline fue una hechicera poderosa, pero también fue traicionada. Su familia la usó para acceder a poderes oscuros, pero ella se rebeló. Así que, antes de desaparecer, maldijo los espejos, para atrapar a cualquiera que intentara aprovecharse de su magia, pero supongo que el hechizo salió mal y ahora maldice a cualquier persona. Lo que sé es que la maldición inducía a las personas a mirarse en los espejos por curiosidad, solo para ser arrastradas a una espiral de alucinaciones que las sumía en una profunda psicosis.
Ryan y Alison se miraron entre ellos. Se dieron cuenta que su psicosis los llevó a buscar respuestas.
—Parece que los espejos eligieron a las víctimas equivocadas —sugirió Tyler, mirando a su hermano y Alison.
—Entonces ¿por qué nos vendió ese espejo si sabía que estaba maldecido? —preguntó Ryan, con un tono serio.
—Porque nunca tomé en serio la leyenda, querido. Pensé que era solo una historia.
—Señora, ayer presenciamos a un hombre siendo absorbido por el escaparate de la tienda de al lado. Creemos que regresó a su tienda en busca de respuestas sobre la psicosis que estaba experimentando.
La señora Mabel se cubrió la cara, lamentando lo ocurrido.
—A ver. Usted dijo que empezaron a pasar cosas raras desde hace unos días ¿cierto? —preguntó Alison.
—Así es.
—¿Qué tipo de cosas raras? —preguntó Tyler.
—Susurros y risas. Pensé que solo era mi imaginación. Uno de grande no sabe cómo su cerebro se va deteriorando.
—O tal vez vio su reflejo en ese espejo, empezó a tener alucinaciones y buscó la forma de deshacerse de él —acusó Tyler.
—No, nunca hice eso —mantuvo Mabel, con el ceño fruncido.
—¿Se puede revertir lo que esos espejos están haciendo? —preguntó Ryan.
La señora Mabel negó con la cabeza.
—La única manera de liberar las almas atrapadas es encontrar el espejo original… el que Evangeline usó para lanzar la maldición. Destruirlo rompería el vínculo, pero nadie sabe dónde está ese espejo.
Ryan sintió una oleada de frustración y se pasó la mano por la cabeza.
—¿Qué hay del hombre que le entregó los espejos? ¿Quién era? —preguntó Ryan.
Mabel bajó la mirada.
—Sucedió en los años ochenta. Fue la última vez que lo vi. Lo investigué porque todo me pareció muy raro. Su nombre era Blake Andrews. Poco después descubrí que era un descendiente de los Livingston.
Alison se acercó al espejo más grande, ubicado a unos metros de dónde se encontraban parados. Era como si fuese atraída por una fuerza invisible.
—Si destruyen el espejo original, todas las almas, incluidas las de los desaparecidos, serán liberadas —dijo Mabel, mirando a Ryan con una expresión de súplica— pero no sé dónde está. Dice la leyenda que Evangeline lo ocultó antes de su desaparición.
De repente, el espejo frente a Alison, comenzó a vibrar y la figura de una mujer apareció, sosteniendo el cristal negro. Sus ojos, llenos de dolor, encontraron los de Alison.
—Ayúdame… —susurró, antes de desvanecerse.
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